Bécquer y el buscador de respuestas
¿Cuántas preguntas se quedaron en el aire por miedo a una mala respuesta? A veces, el sistema educativo confunde la curiosidad con la falta de respeto, sin embargo, la verdadera enseñanza reside en la capacidad de dudar. Recupero aquí un relato real que me sucedió en mi etapa de estudiante y que recojo en el…
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¿Cuántas preguntas se quedaron en el aire por miedo a una mala respuesta? A veces, el sistema educativo confunde la curiosidad con la falta de respeto, sin embargo, la verdadera enseñanza reside en la capacidad de dudar. Recupero aquí un relato real que me sucedió en mi etapa de estudiante y que recojo en el libro Humanizar la educación, sobre el valor de levantar la mano, el peso del silencio impuesto y la importancia de transformar a los “buscadores de problemas” en buscadores de respuestas.
Un encuentro con Bécquer en el aula
Muchas veces he contado mi batalla particular contra la timidez en la escuela y lo infrecuente que era que el César niño levantara la mano. Sin embargo, en el instituto la levanté una vez, víctima de mi ingenuidad más que guiado por mi curiosidad.
Estábamos en clase de literatura, primer año de instituto. La lectura siempre me ha apasionado, así que, lejos de parecerme aburrido, oír hablar sobre los autores y saber dónde y cuándo vivieron me provocaba especial interés. La profesora posó el libro de texto sobre la mesa y seguidamente abrió el cuaderno donde guardaba todas sus anotaciones.
—Hoy vamos a ver a Gustavo Adolfo Bécquer —dijo.
Se llevó el dedo índice a la boca y se lo humedeció, como solía hacer antes de atacar las páginas del libro. Todos abrimos nuestros cuadernos en página nueva y, con mayor o menor destreza, dibujamos un Bécquer de título que delimitaba el comienzo de un nuevo tema. La mujer invitó a alguien de la primera fila a leer el «Volverán las oscuras golondrinas» que aparecía en la primera página, y todos permanecimos atentos, verso a verso, por si repentinamente cambiaba de lector.
La pregunta que silenció una curiosidad
Cuando terminamos el poema, solicitó voluntarios para leer el contexto de la vida de Bécquer, y ahí, escuchando con asombro a mi compañera Lucía, descubrí que, de haber vivido el poeta en estas fechas, habríamos sido vecinos. El monasterio de Veruela, donde escribió su Cartas desde mi celda, está a pocos kilómetros de mi pueblo, y era allí donde, una vez al año, nos reuníamos las escuelas de la comarca para confraternizar y competir, todo sea dicho.
Una vez enmarcada la vida de Bécquer en la historia, la profesora dijo con decisión:
—Ahora vamos a analizar el poema —refiriéndose de nuevo al que ya habíamos leído.
—¿Copiamos? —dijo atrevido un compañero.
La mirada de la profesora por encima de sus gafas le dio la respuesta. Todos agarramos los bolígrafos, expectantes. Para ella, analizar era dictar lo que veía en sus lecturas y debíamos estar preparados para copiar y no perder detalle.
—Con este verso, Bécquer quería decir…
Y comenzó a exponer su visión del texto. Entonces, sentí la imperiosa necesidad de resolver una duda guiado por mi asombro. Levanté la mano.
—Dime, César —me invitó a hablar.
—¿Y usted —pregunté— cómo sabe lo que quería decir Bécquer?
Todo lo que recuerdo a partir de ahí es que me castigó. Y puedo asegurar que la pregunta no iba con malicia, sino con perplejidad, porque había sido presa de una desorientación temporal repentina: me pregunté qué edad tendría esa mujer y si sería contemporánea de Bécquer. Y necesitaba una respuesta.
Vista aquella escena con mis ojos de muchacho de catorce años, sigo sin entenderla. Me pareció una tremenda injusticia. Ya nunca levanté la mano. Analizo aquello con mis ojos de maestro y lo que me provoca ya no es sensación de injusticia, sino indignación, porque lo que veo es a una profesora que castigó a un niño por hacerse preguntas. Me viene a la mente una frase de Ortega y Gasset, que dice: «Siempre que enseñes, enseña también a dudar de lo que enseñes». Y si hay algo que ahora tengo claro es que ese es el mayor regalo que podemos dejar a nuestros alumnos.
El buscador de problemas y el arte de discrepar
Recordaba esta historia de infancia hace unas semanas, cuando asistí a un curso como oyente en Madrid. Para romper el hielo, debíamos presentarnos uno a uno y definirnos con unas palabras. Aún ahora, después de tanto tiempo, esos ejercicios generan en mí una intranquilidad que se acerca a la angustia, si bien tengo recursos para entender que es un obstáculo fácilmente superable y que, al final, nada grave pasará suceda lo que suceda.
Fue discurriendo el turno de presentaciones hasta que llegó a la última fila, en la que me encontraba. Junto a mí comenzó a hablar un señor de unos cincuenta y cinco años, vestido con traje y corbata. Descruzó la pierna y se puso de pie.
—Yo… —dudó un instante, buscando cómo expresar la descripción de sí mismo— tengo el don de buscar problemas y ver pegas en todo.
Algunos asistentes se rieron, otros se mostraron más cautelosos. Siguió hablando, dibujando rasgos y matices en su primera frase, que era en la que yo me había quedado. Desde ese momento, me limité a sonreír pensando que en unos segundos iba a llegar mi turno y ya no habría marcha atrás.
El curso duró tres días, en los que este señor se encargó de interrumpir las disertaciones del ponente con tanta frecuencia como su disconformidad le ordenaba. Cada dos por tres levantaba la mano con impaciencia y comentaba: «Disculpa, pero no entiendo lo que acabas de decir», «No sé si he pillado el concepto», «Creo que deberías explicar eso un poco más, porque no lo veo como tú».
De buscar problemas a buscar respuestas
Es cierto que muchas de sus discrepancias y dudas coincidían con las mías, y gran parte de la gente que había allí asentía ante sus preguntas, así que entiendo que había más coincidencias.
Después de tantas horas juntos compartiendo pensamientos, llegamos a conocernos un poco. Al finalizar el curso, en el momento de chocar los codos para despedirnos, le dije:
—Luis —así se llamaba—: tú no eres buscador de problemas, tú eres buscador de respuestas. Tienes una curiosidad innata por todo lo que te rodea y necesitas esas respuestas para seguir adelante. Con tus preguntas nos haces más fácil la vida a los demás porque, si nadie las hiciera, nos quedaríamos con la duda dentro.
Esa inquietud de algunos, incómoda para muchos, aparece ya en la escuela y, con suerte, se mantiene en nuestro día a día. El secreto está en darse cuenta de que, cuando educas, has de estar seguro de ti mismo para dejarlos ser. Es entonces cuando comprendes que en cada mano levantada, en cada mirada inquieta, en cada pregunta, hay un mundo por descubrir.
¿Y tú? ¿Eres de los que se quedan con la duda o de los que buscan la respuesta?
