Las puertas de las escuelas, abiertas al mundo
La escuela no es una burbuja “Las puertas de las escuelas han de estar abiertas, no solo para que entren los niños y niñas sino para que sus ideas transformen el mundo”— César Bona La escuela como motor de transformación social La escuela no puede entenderse como un espacio aislado, cerrado sobre sí mismo o…
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La escuela no es una burbuja
“Las puertas de las escuelas han de estar abiertas, no solo para que entren los niños y niñas sino para que sus ideas transformen el mundo”
— César Bona
La escuela como motor de transformación social
La escuela no puede entenderse como un espacio aislado, cerrado sobre sí mismo o desconectado de la realidad que la rodea. La escuela no es una burbuja. Es, y debe ser, un motor para transformar la sociedad. Ante cualquier cambio, la educación ha de estar a la vanguardia.
Educar no consiste únicamente en transmitir contenidos académicos, sino en formar personas capaces de pensar, sentir, convivir y actuar en el mundo. Por eso, cuando abrimos las puertas de las escuelas, no solo permitimos la entrada del alumnado, sino también la circulación de ideas, preguntas, valores y miradas nuevas que enriquecen a toda la comunidad. Educar a niños y niñas es preparar seres pensantes, comprometidos con su entorno y con su sociedad.
Educamos para la sociedad y en la sociedad
La educación no sucede al margen del contexto social, cultural y emocional de los estudiantes. Educamos para la sociedad y en la sociedad, con todo lo que ello implica: diversidad, conflictos, retos, desigualdades, oportunidades y cambios constantes.
Cuando la escuela se conecta con su entorno —el barrio, las familias, las instituciones, la cultura y la realidad social—, el aprendizaje cobra sentido. Los niños y niñas comprenden que lo que hacen en el aula tiene impacto más allá de sus paredes, y se convierten en parte activa de la comunidad.
Tienen mucho que aportar
Durante demasiado tiempo, la infancia ha sido vista como una etapa de espera: “ya opinarán cuando sean mayores”, “ya cambiarán las cosas cuando crezcan”. Sin embargo, los chicos y chicas tienen mucho que aportar aquí y ahora. Uno no se hace responsable cuando cumple dieciocho años; uno no siente la participación y el compromiso nacer en él cuando se hace mayor de edad. Todo se educa.
Escuchar su voz, dar valor a sus ideas y permitirles participar en la vida escolar y social es una forma de reconocerlos como ciudadanos presentes, no futuros. Sus propuestas, preguntas y formas de mirar el mundo pueden ayudarnos a construir una sociedad más justa, empática y humana.
Abrir la escuela a la participación y la inclusión
Una escuela abierta es una escuela que:
- Fomenta la participación real del alumnado.
- Escucha las distintas voces que la habitan.
- Apuesta por la inclusión y da valor a las diferencias.
- Conecta los aprendizajes con la vida cotidiana.
- Promueve el pensamiento crítico y la responsabilidad social.
Abrir las puertas no es solo una metáfora física, sino también pedagógica y emocional: abrir la mente, abrir el currículo, abrir el diálogo y abrir la mirada.
Educar para transformar el mundo
Si queremos una sociedad mejor, necesitamos escuelas valientes, conectadas con la realidad y comprometidas con la transformación social. Las ideas de los niños y niñas tienen el poder de cambiar realidades, pero solo lo harán si les damos espacio, tiempo y confianza.
Porque cuando la escuela deja de ser una burbuja y se convierte en un lugar vivo, abierto y conectado, la educación cumple su verdadero propósito: formar personas capaces de transformar la sociedad desde dentro. Y me da que en esta sociedad en la que estamos, el cambio es más importante que nunca.
