Vuelta al cole… también de las familias

Hoy vuelven a abrirse las puertas de los colegios y, con ellas, regresan las conversaciones, las preguntas, los reencuentros y esa mezcla de nervios e ilusión que acompaña a cada comienzo. Los niños llegan cargados de algo que debemos cuidar especialmente: curiosidad. Ganas de descubrir, de preguntar, de probar, de contar lo que han vivido…

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Hoy vuelven a abrirse las puertas de los colegios y, con ellas, regresan las conversaciones, las preguntas, los reencuentros y esa mezcla de nervios e ilusión que acompaña a cada comienzo. Los niños llegan cargados de algo que debemos cuidar especialmente: curiosidad. Ganas de descubrir, de preguntar, de probar, de contar lo que han vivido y de entender un poco mejor el mundo que los rodea. Nuestra responsabilidad es conseguir que esa curiosidad encuentre cada día motivos para seguir creciendo. Y detrás de todo ello está el trabajo riguroso de maestros y maestras que preparan, observan, acompañan, evalúan, se forman y toman cientos de decisiones para que cada niño avance. Educar requiere entusiasmo y cercanía, pero también conocimiento, exigencia y profesionalidad.

En ese camino hay algo que no podemos olvidar: familia y escuela no deben caminar en direcciones distintas. Un niño necesita sentir que los adultos que forman parte de su educación confían unos en otros, se escuchan, comparten responsabilidades y reman en la misma dirección. Habrá diferencias, dudas y momentos en los que no estemos de acuerdo, pero precisamente ahí tendremos que hacer aquello que queremos enseñarles: dialogar, comprender otras miradas y buscar puntos de encuentro. Si escuela y familia conseguimos formar un verdadero equipo, estaremos regalando a nuestros niños algo mucho más importante que cualquier aprendizaje concreto: la seguridad de saber que quienes los acompañamos estamos juntos para ayudarles a crecer.

Desde la escuela se necesita que las familias estén implicadas. Pero estar implicado no significa cuestionar cada decisión, exigir que todo se haga como nosotros haríamos o intervenir ante cualquier dificultad que encuentre nuestro hijo. Significa que, aunque en ocasiones podamos tener puntos de vista diferentes, familia y escuela no son adversarios. Y cuando surja una discrepancia, algo inevitable, tendremos delante una magnífica oportunidad para mostrar a los niños aquello que tantas veces les pedimos a ellos: hablar con respeto, escuchar otras miradas y buscar juntos una solución.

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