A trabajar en equipo enseñamos trabajando en equipo
Aprender a trabajar en equipo sigue siendo, en muchos casos, una de las grandes asignaturas pendientes de la escuela. Pedimos a nuestros alumnos que colaboren, que se escuchen, que lleguen a acuerdos, que repartan responsabilidades y que construyan juntos. Pero trabajar en equipo es mucho más que sentar a cuatro personas alrededor de una mesa…
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Aprender a trabajar en equipo sigue siendo, en muchos casos, una de las grandes asignaturas pendientes de la escuela. Pedimos a nuestros alumnos que colaboren, que se escuchen, que lleguen a acuerdos, que repartan responsabilidades y que construyan juntos. Pero trabajar en equipo es mucho más que sentar a cuatro personas alrededor de una mesa y proponerles una tarea común. Requiere habilidades que también se aprenden y se entrenan. Y quizá, antes de enseñárselas a ellos, deberíamos preguntarnos: ¿sabemos nosotros, que somos quienes los educamos, trabajar en equipo?
Para enseñar a trabajar en equipo, primero debemos tener claro qué se requiere para llevarlo a cabo. No basta con explicar qué significa colaborar o diseñar actividades para que otros lo practiquen. También necesitamos experimentar lo que implica escuchar otras miradas, ceder, discrepar, llegar a acuerdos, compartir responsabilidades y construir algo que difícilmente habríamos conseguido solos. Hay buenas razones para empezar por nosotros mismos:
Porque no podemos exigir aquello que no podamos dar.
Si pedimos a chicos y chicas que escuchen, que dialoguen, que compartan responsabilidades o lleguen a acuerdos, esas mismas capacidades deberían formar parte de nuestra manera de trabajar con otros docentes y con las familias.
Porque los alumnos aprenden también de lo que ven.
Podemos hablar durante horas sobre cooperación, pero si ven en nosotros departamentos aislados, el mensaje real será otro.
Porque trabajar juntos nos obliga a experimentar la misma fricción que encontrarán ellos.
Coordinarse incomoda a veces: hay que explicar una idea, escuchar otra mejor, aceptar críticas, negociar, cambiar de opinión o renunciar a que las cosas se hagan exactamente como uno quiere. Ahí está precisamente el aprendizaje y la riqueza de un equipo.
Porque nos permite descubrir el valor de las miradas diferentes.
Cuando ponemos en común experiencias, especialidades y maneras distintas de entender una situación, aparecen matices y conexiones que individualmente se nos escaparían. Trabajar en equipo ensancha la mirada.
Porque nos hace más completos.
Compartir una dificultad, pedir ayuda, observar cómo trabaja otro docente o construir una propuesta juntos nos obliga a revisar nuestra propia práctica. El equipo no debería servir únicamente para repartir tareas, sino también para aprender unos de otros.
Porque una escuela que quiera una cultura de convivencia tiene que practicarla.
La escuela es uno de los primeros lugares donde niños y niñas aprenden a formar parte de una comunidad. Resultaría contradictorio querer educar personas capaces de colaborar, escuchar y construir juntas desde una organización en la que los adultos trabajan cada uno por su lado.
